La mamá de mi novia
Tenía yo una novia hace bastante tiempo... yo tenía 25 años y ella 18. Aún estaba en el secundario, y cuando volvía de la escuela por la tarde nos veíamos y ella usaba el jumper escolar de su uniforme. Me calentaba como loco, no sólo por su juventud sino por su cuerpo bastante bueno, sobre todo su culo y sus tetitas, y además porque el sexo le encantaba... prácticamente me había pedido a gritos que la desvirgue, ya que yo la conocí a los 16 años, estando ella muy ocupada con cuestiones religiosas que por supuesto dejó prontamente, para dedicarse al sexo con sumo interés.Ya les contaré algunas experiencias con ella, pero lo que voy a relatar tiene más que ver con su madre.

Era ella muy joven, en ese momento tenía 38 años, y estaba casada con el padre de mi novia, un mecánico que quizás la engañaba, o por lo menos llegaba bastante tarde cada día y se iba bien temprano. Esta señora estaba un poquito gordita y por ello bastante amargada, pero tenía unos ojos con la misma forma que los de su hija, pero no tan hermosos como los de ésta, ya que eran oscuros y no celestes, pero sus tetas eran interesantes y su culo, si bien amplio, no dejaba de estar bien formado.

Yo la miraba cada vez que podía, y apreciaba sus formas maternales y rotundas, y su dulzura que no dejaba lugar a dudas de que un amante sería muy bien tratado. Teníamos buen diálogo y bromeábamos mucho, incluso yo la hacía reír bastante con mis salidas. No había recibido muchas señales sexuales de ella, salvo alguna insinuación de su escote al servirme algo, o un roce casual en la terraza al colgar la ropa, nada demasiado sustancial. Pero un día estábamos de vacaciones en Uruguay, de donde eran originarios todos, el padre y la madre, mi novia y su hermana menor.

Habíamos quedados solos en la casa, no recuerdo bien por qué circunstancias. Yo me había levantado de la cama, y la encontré en la cocina, donde enseguida que me vio me ofreció un té y hablamos de nimiedades. En eso estábamos cuando reparé que tenía puesto un camisón que dejaba ver sus magníficas tetas, y adivinar una bombacha bastante atrevida sobre su trasero grande pero firme. Me llamó la atención enseguida pero, sin dejar de mirarla, me hice el tonto, y seguí hablando como si nada. ¿Me enviaba varias indirectas o me parecía a mí? Me decía que la familia iba a tardar un rato, que estábamos solos y demás. De pronto, me arrojó una granada de mano: Me preguntó que tal me llevaba sexualmente con su hija. De más está decir que me quedé mudo, pero atiné a decir que bien, que era muy apasionada la relación.

Ella entonces me hizo saber que estaba insatisfecha, que su marido ya no la tocaba y ella pensaba que era porque estaba excedida de peso. Le respondí que si bien tenía algún kilito de más, era muy deseable y cualquier hombre estaría dispuesto a acostarse con ella. Entonces ella, apartando el té, simplemente me capturó la pija con una mano, a través del pantalón, y con la otra empezó a desabotonarme la camisa. Mi sexo estaba erecto, debido a la vista anterior y a la situación, pero estaba asustado de que nos pudieran descubrir y quería zafarme. Intenté en vano, ya que enseguida me sacó el miembro de su encierro y se lo llevó a la boca con desesperación. Respiraba fuertemente, y algunos movimientos me recordaron a su hija. Se enterró mi poronga hasta los pelos, y al sacarla me mordía un poco.

Lamía la cabeza en espiral, rozaba el borde del glande y suspiraba de tal manera que sucumbí. Ya no recordaba a nadie ni nada. Sólo gozaba, sintiendo su boca cálida y persistente y ella, arrodillada a mi lado, succionaba como si en ello le fuera la vida. Por supuesto, a los pocos minutos de semejante tratamiento no resistí más y acabé, sin que ella soltara la presa. Es más, decía mmm... mmmmm... y recibía la leche a borbotones mientras yo gozaba en un magnífico orgasmo. Luego se levantó, y se escupió en la mano la leche que había recibido, y, sacándose el camisón con gesto enloquecido, bajándose la bombacha con mucha prisa, se mojó la vulva y las caderas con el líquido, suspirando y moviéndose sin parar.

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Me besó, y sentí en su aliento el olor de mi pija y en su lengua el sabor salado de mi semen. No me importó, para entonces ya estaba tan loco como ella, y quería darle un orgasmo tan bueno como el que ella me había brindado. No recordaba quién era, sólo era una hembra caliente y yo un macho dispuesto a hacerle el amor. Ella intentaba chupar nuevamente mi pene, pero éste había quedado en un estado intermedio y no podía introducirlo aún, así que opté por masturbarla un poco, acostándola en la silla con las piernas abiertas, intercalando lamidas en los pezones. Noté que iba gozando varias veces, y con la lengua sentía sus sabores más recónditos.

Endureciéndola, penetraba levemente su ano, lo que arrancaba gemidos y movimientos pelvianos muy elocuentes. Al rato, sentí que mi pija ya estaba en forma y me preparé para penetrarla. No fue difícil, entre el flujo natural y mi saliva había lubricación de sobra. Creo que la hija era un pálido reflejo de la madre en cuanto a moverse con un falo dentro... Lo hizo rebotar contra el ano, lo frotó incesantemente en el clítoris, se revolvió en círculo, me montó luego y se movía hacia atrás que casi me lo arrancaba, me arañaba el pecho y no parecía dejar de tener un orgasmo tras otro. Creo que allí se puso al día, el hambre sexual que padecía era de años, seguramente. Yo me sorprendía: qué raro era que el hombre que era su marido no apreciara esa fogosidad... pero, así son las parejas, sobre todo de años y aburridas.

Al fin, me permitió acabar a mí, cosa que hice en lo más profundo de sus entrañas. No se lavó; tal como lo hacía la hija, conservó el semen en su vagina y se vistió. No hablamos mucho, pero quedó un secreto entre los dos, que las miradas constantemente recordaban. Luego, en días sucesivos, me despertaba a veces en mi cuarto con su lengua en la cabeza hinchada de mi pija, y era mi leche como agua para su boca sedienta. Otra vez, se acostó a mi lado, y con saliva lubricó su ano, donde insertó mi sexo sin demora. Ese día, le llené el culo dos veces seguidas, ya que me apretaba mucho más con su esfínter, y no dejó a mi erección perderse.

Cuando la saqué salió un chorro de leche que me llamó la atención, con mucha fuerza. Luego, riendo, hizo mención mucho más tarde, en la cena, a que la comida del lugar le había provocado constipación, pero que había encontrado un remedio infalible. Casi me atraganto con la comida, y mi novia me golpeaba la espalda... Ese era otro problema, ya que no cumplía tan bien como antes con mi chica. Lo atribuí al clima caluroso y a la playa y ella me creyó. Continúe cogiendo a madre e hija un buen tiempo durante las vacaciones. Entraron a la vez en los días menstruales y aproveché a descansar, a pesar que mi novia quería más que nunca tener sexo, lo que solucioné heciéndole reverendas pajas que me dejaban la mano roja de sangre.

La madre me informó del caso y no reclamó nada, pero un día apareció en el baño mientras me duchaba y se arrodilló a mamármela, haciéndome acabar sobre sus tetas sudorosas por el calor del lugar. Gozó pasándosela por los pezones mientras salía el líquido tan apreciado por ella.

Tuve que cortar con esta doble relación cuando vi que se empezaba a poner celosa de su propia hija. Antes de ello, ceremoniosamente le hice el amor en una habitación vacía, un día que yo había vuelto solo de la playa con la excusa del sol excesivo. Paseé por todos sus orificios, le solté mi leche en la boca, y luego un poco en la concha y en el culo donde la inserté mientras estaba gozando.

Luego usé mi lengua y mis dedos por horas, hasta que me pidió que no siguiera, lo que hice luego de obligarla a chupármela una vez más. Acabé en su garganta y la mantuve la cabeza apretada para que tragara toda esa última carga, que no era mucha. Tosió un poco y se enojó porque le había quedado el esperma pegado y no podía terminar de pasarlo, pero luego, exhausta, se fue a dormir luego de besarme tiernamente. Luego de esto, traté de esquivarla todo lo posible, a lo que ella se dio cuenta de mi rechazo y no volvió a intentarlo.

Patricio

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