La mama de José
Siempre trataba de llegar temprano a la casa de mi amigo José cuando el me invitaba a cenar. Éramos amigos desde los tiempos del secundario, y aunque ahora nos veíamos en ocasiones especiales, de ves en cuando él me invitaba a comer. Vivía en un primer piso en el microcentro, con ventanales enormes con una vista preciosa del Río de la Plata. Compartía su casa con su madre y una perra dalmata rejuguetona, que cada ves que me veía entrar me hacia fiesta moviendo la cola y dándome una pata, como si me estuviera dando la bienvenida. Toqué el timbre que se encontraba sobre la puerta de caoba y después de unos minutos pude escuchar los pasos de alguien que se acercaba a la puerta.
Era su madre, una mujer de unos 45 años, con un cuerpo muy bien trabajado en el gimnasio, muy callada y con unos ojos profundamente negros que cada ves que me miraban me hacían sentir un escalofrío muy interno, como si estuviera frente a una gata nocturna, solitaria que me ocultaba algo. Me sonrío al verme y me comentó que José no había llegado todavía pero que pasara, que llegaría de un momento a otro.
Me senté en el sillón de gamuza que tenían en el living, y luego de unos minutos llego la mujer con un martini y unas aceitunas para ir picando hasta la llegada de José. Había sido un día muy caluroso, y la estadía en aquel living, con las ventanas abiertas de para en par dejando entrar la brisas fresca del río, daba una sensación muy agradable. Marta, así se llamaba la madre de José, había quedado viuda hacia un par de años.
Era una mujer callada y recatada, no se la veía salir mucho, mas ahora que la muerte de su marido era tan resiente. Salvo algunas veces que se la veía ir al gimnasio o yendo a hacer algunas compras, era raro verla caminar por la calle, esto le daba un aire extraño y un aspecto blanquecino casi mortuorio. Hablamos de cosas triviales, del trabajo, temas para mantener una conversación.
Luego de un rato de charla un poco aburrida, sonó el teléfono. Era José anunciándonos que se retrasaría por lo menos un par de horas, ya que algunos inconvenientes en su trabajo le demandaban quedarse y terminarlos. Con un gesto y encogiendo de hombros, nos comentamos que estas cosas pasaban y que el pobre José no tenia la culpa. Decidimos que esperaríamos por su hijo para comenzar a comer. La conversación continuo tan desabrida como comenzó.
Hablábamos de cosas triviales. Ella después de el segundo martini pareció animarse y comenzó a contarme anécdota de su vida en Europa, paso al tema de su perra, continuo con el precio de la nafta. Ella hablaba y yo pensaba que no había notado como estaba vestida, con un vestido de tela suelta que le caía sobre su cuerpo blanco, remarcando sus curvas de una forma sutil y elegante.
Ella continuaba hablando y yo seguía pensando, en sus pechos levemente caídos pero opulentos, en sus piernas blancas pero firmes, en como sería levantarle esa pollera tan floja que le caía hasta los pies y chuparle todo entre las piernas. En un momento se levantó y fue para la cocina con la excusa de que tenía que apagar algo en el horno. No había mucha luz en el living y desde el sillón donde estaba sentado podía ver por la luminosidad que venia desde la cocina, su cuerpo transluciéndose por entre su ropa.
Era una cuarentona ya un poco flojita, pero sin una gota de grasa. Podía verle al caminar que entre las piernas que tenía un leve huequito, que daba una idea muy clara de como seria ver sus labios genitales vistos desde atrás, con la colita parada. Me levanté, quizás mas motivado por los martinis que por la calentura repentina que me había invadido, y me dirigí para la cocina detrás de ella.
En aquel momento, al llegar a la cocina, supe que ella se estaba empezando a incomodar por nuestra soledad en la casa. Sabíamos que su hijo no vendría hasta dentro de un par de horas, que su oficina estaba al otro lado de la ciudad y que tardaría por lo menos una hora en llegar. Supe también que si quería cogérmela toda esa misma noche, con su vestido con flores, en aquella casa, con el viento acariciándonos desde la ventana tenia que actuar rápido.
Repentinamente le dije que estaba hermosa con aquel vestido. Ella se sonrojo levemente, y me dio la espalda, continuando rociando el cordero con el caldo que tenia en un cacerola. Sentí un fuerte deseo de agarrarla por detrás, ahí mismo en la cocina y meterle las manos entre sus pechos. Pense en las consecuencias, que haría si se enoja, si me grita, José, pensé en todo y no me pude resistir mas.
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Me le acerque lentamente por detrás y la agarré por la cintura, ella trató de zafarse, pero yo la agarre mas fuerte todavía. No, no dejame que tengo miedo, no así no me dijo. Te va a gustar, vas a ver, te lo voy hacer despacito, como a vos te guste, estoy tan caliente por vos, trato de zafarse nuevamente pero sin hacer mucha fuerza. Yo la tomé fuertemente por detrás y me apoyé en su culito firme. Pude sentir toda mi verga, dura cayéndole justo entre sus dos nalgas, y mi mano jugaban locas entre sus senos.
Dejo de resistirse y apoyo su cabeza sobre mi hombro, ¿y si entra alguien? ¿y si nos ven? sos tan joven para mi, me decía mientras su respiración se hacía mas y mas fuerte. Te voy a coger toda mi amor, toda, vas a ver como te va a gustar, te prometo que te voy abrir por dentro depacito pero firme y cuando estés llegando te voy a acabar toda adentro, toda, te vas a chorrear entre las piernas como una princesa seguíamos como locos, yo apoyándome en su culito con mi verga durísima, con una mano ya entre sus tetas que se salían por el vestido todo corrido y con la otra mano por debajo de su pollera, debajo de su bombacha jugándole en el clítoris que se empezaba a mojar todo.
Te quiero hacer la colita, vas a ver como te va a gustar le decía al oído, mientras ella se apoyaba con su cabeza sobre mi hombro, casi como crucificada y dejándome sostenerla con mi cuerpo que se me encendía a lo loco. Le besé la nuca y me bajé con mi boca por toda su espalda hasta su cintura. Le levanté la pollera y le bajé la bombacha un poquito, por encima de las rodillas y empecé a lamerle las nalgas. Le abri los cantos y ella dejándose chupar en lo mas intimo de su culito chiquito, se inclino dejando ver su agujerito blanco y cerradito, mientras yo la penetraba con mi legua muy húmeda.
La sentí gemir. Mientras le chupaba todo su cantos, lentamente le metía mis dedos en su argollita delantera, que chorreaba un jugo espeso entre sus piernas, sus labios rosados y su espeso pelo genital. Estabamos los dos como locos, ellas tocándose sus pechos, yo con mi lengua en su culo y mis dedos penetrándola con mi pulgar y acariciándole su clítoris con mi dedo índice. Cuando sentí que estaba por acabar, me detuve y me paré agarrándola nuevamente como empezábamos. Te voy a hacer la colita mi amor, ¿querrás? Con un gesto de afirmación casi inocente, no se si por su calentura o por su recato que ya había sido prácticamente penetrado por mi osadía.
Me bajé un poco los pantalones y deje salir mi verga que estaba dura y caliente como un fuego. Le apoyé la puntita primero en el agujerito del culo y me lo puse a dilatárselo lentamente, jugando con el contorno, sin empujar muy fuerte. Ella movía su cuello, como buscando la sensación en su culo, algo que me hacía calentar hasta el punto de casi acabarle ahí nomás y chorrearla toda entre las piernas.
Empecé a empujar y sentí como lentamente la comenzaba a abrir en su agujerito frágil pero firme. Lo mas difícil fue meter la cabeza, pero ya luego de dilatárselo, mi pene empezó a patinar lentamente sin poder entrar completamente, encontrando obstáculo en su camino. Dio un gesto de dolor y comenzó a jadear. No, hay no que me duele, me duele la puertita, despacio que es muy chiquito, hay me duele, haceme el culo despacito que me duele, te siento adentro me decía, entre gestos de dolor y placer alternado. ¿Te gusta? ¿te gusta? como te estoy cogiendo viejita hermosa, que durito que lo tenes mi amor, pero te lo voy a meter todo adentro, te lo voy a dilatar todo.
Hay si, cogeme toda, pero me duele, hay despacito, hay haceme así, hay me duele, no me lo rompas, pero me gusta seguí así, aguántate y penétrame toda, así, sentí como fui rompiendo las barreras hasta que lo tenia casi todo adentro. Ella trataba de zafarse un poquito pero yo la tenía bien agarrada, con toda mi verga a medio camino, en su culo, empujando.
Inclínate un poco mas para adelante, así te lo puedo meter todo, abrite un poquito mas. Ella se inclino un poquito mas para adelante y sacó su culo un poquito mas para afuera abriéndose las nalgas con las dos manos. Oh, mi amor te voy a coger toda, te voy a eyacular toda adentro, ah, te tengo que romperlo todo mi cielo. Hay, no, no hay hay. Me estas matando. Hay cogeme así que estoy empezando a acabar, hay, así así, hay. Mi amor, como te estoy recogiendo mi cielo, ¿así te gusta? todo adentro en tu culito?
Y empezamos a acabar los dos al mismo tiempo, yo la estaba empalando toda por el culo y con mis dedos le tocaba el clitoris para hacerla acabar mas fuerte y ella contrayendo su recto y su culo como una diosa y abriéndose todo lo posible para que yo la penetre lo mas profundo que pudiera. Sentí sus contracciones vaginales desde adentro de su recto y al mismo tiempo le largue todo el semen que por la calentura, parecía que fueran dos litros.
Nos quedamos así penetrados por un ratito, al sacárselo el semen le chorreaba entre las piernas y su anillo anal parecía que se seguía contrayendo. Nos lavamos por separado, yo en el baño y ella en la cocina. Me recosté luego en el sillón, terminé mi martini y José llego después de unos 45 minutos. Comimos juntos y luego yo me fui en un taxi, ya entrada la noche, para mi casa.
Isidoro

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